HERMANDAD DE LOS BLANCOS


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Pregón 2009

PREGONES > S.SANTA

PRESENTACIÓN
Antonio Vázquez Segovia


ILUSTRES HERMANDADES Y REPRESENTACIONES OFICIALES.
QUERIDOS AMIGOS:
Cuando el pregonero me pidió que fuera su presentador pensé que no iba a ser tarea fácil, pues la seriedad que requiere este acto podía quedar afectada por un doble componente emocional:
Uno por ser el pregonero mi hermano, Manolo, con el que he compartido tantos momentos de nuestra juventud y sé lo importante que ha sido para él el haber sido designado pregonero.
Y Otro por ser en Valverde. El 50% por ciento de la sangre que corre por nuestras venas es de esta tierra, tierra de la que procedemos, tierra de nuestro padre y antepasados, que tanto hemos añorado y que sin duda ha contribuido a configurar el carácter del pregonero.
Mi misión es presentarles al pregonero y no el pregón, y hasta hoy no me había percatado lo importante que es conocer al pregonero para poder entender el pregón.
Todos los presentes seguro que hemos asistido alguna vez a discursos, conferencias y coloquios en los que nos conformamos con que nuestro interlocutor tenga para darlas unos específicos conocimientos, sin interesarnos más que su cualificación profesional, pero hay actos en los que, al tratar de cuestiones que consideramos más íntimas, más de nuestro entorno, más de nuestro pueblo, exigimos además de esos conocimientos, que el orador tenga sentimiento.
Y digo esto, porque vosotros, la mayoría, habitantes de Valverde estáis acostumbrados a veros con asiduidad, a comentaros los avatares diarios de la localidad, paseando por sus calles , charlando en las terrazas de los bares, en la feria, al salir de la Iglesia, en carnavales, en los pinos y en tantos y tantos recodos maravillosos que tiene esta estupenda localidad.
Vosotros sois los “Valverdeños de Siempre”, y también lo sois los que habéis nacido en otros territorios pero habitáis esta tierra tan acogedora. Con el esfuerzo de todos vosotros crece y se desarrolla Valverde y le dais la configuración e identidad que tiene ahora.
Pero también hay otras personas, que seguro las veis pasear también por vuestras calles, principalmente en Navidades, en Semana Santa y en las largas tardes veraniegas, personas que creéis que son forasteros y que están de paso, pero que no lo son, pues son también Valverdeños, Valverdeños de Sangre y de corazón.
Son personas que cuando vienen y desde la carretera otean desde el horizonte esta maravillosa villa dominada por la majestuoso torre de la Iglesia, o cuando pasean por la Calleja, por la calle Arriba, por la Plaza o por el Valle la Fuente oliendo ese penetrante olor a azahar, les hierve la sangre, se les acelera el corazón y les acoge un profundo sentimiento al poder estar en su patria chica, la tierra de la que proceden, su referente, las calles por las que de pequeño correteaban, y que al recorrerlas les recuerdan el paso por ellas de los familiares más allegados y ya fallecidos con los que jugueteaban de pequeño , y donde aún pueden disfrutar de su seres queridos que tienen la suerte de poder vivir en Valverde. ESTAS PERSONAS TAMBIEN SON VALVERDEÑOS.
El pregonero también es uno de ellos , hijo y descendiente de una larga generación de valverdeños, Valverdeño ausente, pero Valverdeño de sentimiento y que tiene a Valverde en su corazón.
En ninguna de las etapas de su vida ha vivido Manolo en Valverde, pero siempre lo ha tenido muy presente, siempre apoyado por nuestra querida MADRE que nunca quiso que desconectáramos de esta nuestra tierra :
En sus primeros años el pregonero, con nuestro padre, Valverdeño, de la Calleja, Ingeniero de Minas, y de la hermandad de los BLANCOS, portador de su Cruz de Guía hasta su prematuro fallecimiento, vivimos como tantos otros Valverdeños, en una casa con las costumbres valverdeñas muy arraigadas , y que se iba desplazando por toda la Comarca Mineras, Tharsis, Mina Concepción, Castillo de las Guardas y Peña de Hierro.
Es allí donde el pregonero además de abrazar la Fe católica que siempre ha tenido presente en su trabajo y relaciones, blandió su corazón con las virtudes del valverdeño y las del minero: NOBLE, TRABAJADOR, SACRIFICADO, SOCIABLE Y APASIONADO.
Ya con dos años, comenzó el pregonero a procesionar por las calles de Valverde, con los Blancos, allá por la Semana Santa de 1.961 acompañando a la Cruz de Guía que portaba nuestro padre. Manolo Vázquez.
Varios años después del fallecimiento de nuestro padre, volvimos a reencontrarnos con Valverde, la casa del pregonero, nuestra nueva casa, volvía a ser un rincón de esta localidad que se desplazaba por distintas provincias de España, al irnos a vivir con nuestro tío José, José Manuel Villadeamigo Vázquez, que tan bien ha sabido hacer de padre y educador, Valverdeño de nacimiento y de corazón, de la Hermandad de los NEGROS. En esta etapa, la casa del pregonero era una casa de Valverde, Abanderada de este entrañable lugar en todas las ciudades en que hemos vivido ( Jaén, Málaga –donde el pregonero se inició como costalero- , Barcelona, Córdoba y Granada), siempre mantuvimos contactos con los “ Valverdeños” que vivían en esas localidades y cuando llegaba el verano siempre formaba tertulias de Valverdeños residentes en Punta Umbría .
DE ESTAS MIMBRES ESTOS SENTIMIENTOS.
El Pregonero, es Ingeniero de Caminos y como Valverdeño, emprendedor, empresario de una empresa de Ingeniería con sede en Sevilla y que desarrolla su actividad por toda Andalucía.
Además el Pregonero es una persona polifacética, aficionado a la guitarra, a la astrofísica, flamencólogo, ha sido jurado en concursos de cante flamenco, aficionado y crítico taurino, apasionado de la historia y la geografía, coleccionista, y un largo etc.
Pero si el Pregonero, de profundo sentimiento cristiano, tiene un referente en su vida, esa es su Hermandad de los Blancos, su Cruz de Guía, su Semana Santa de Valverde, su pueblo.
Tu conoces mejor que nadie Manolo, los sacrificios que has tenido que hacer para vivir los Miércoles y Jueves Santo ese encuentro con tus hermanos de los Blancos, con tus Sagrados titulares y tu tan querida Virgen de los Dolores. Has regresado de viajes de negocio anticipadamente y has desobedecido a tu médico cuando te ha recomendado que no lleves la Cruz de Guía, pero yo sé que para ti la Cruz no pesa, sino que ella es la que te llama y te lleva a tu hermandad, a tu pueblo.
A pesar de que nuestro Abuelo materno fue cofundador de la Hermandad de la Oración en el Huerto de Huelva, de la que este presentador es Fiscal de su Junta de Gobierno, y de que este año te hemos distinguido por ser hermano de la Oración desde que naciste, hace 50 años , siempre lo has tenido claro, ante la coincidencia de día de salida procesional, tú, incansable, has regresado siempre a Valverde, año tras año, e investido con la túnica blanca, has cogido la Cruz y has guiado en penitencia junto a nuestros hermanos blancos a los Sagrados Titulares de ésta nuestra querida Hermandad.
Como digo, es un placer para mí, Manolo, Pregonero, darte la palabra, en este nuestro pueblo, para que con tu Cruz de Guía nos des el Pregón que con tanto entusiasmo has preparado.
Manolo, quiero terminar esta presentación con unos versos que compuso nuestro querido TIO JOSE, José Manuel Villadeamigo, para la presentación del Ilustre Valverdeño Diego Romero en el pregón de hace 25 años, versos que no fueron leídos y quedaron inéditos:


Pregonero, en tu pregón
no olvides al Cirineo.
Sé que hablarás de María
-Amor y Dolor inmensos-;
sé que hablarás con pasión
de Jesús el Nazareno
y de este pueblo que llora
con lágrimas de silencio
las Tres Caídas de Cristo
-encuentros de tierra y cielo-.
Hablarás de penitentes
y hablarás de costaleros...
(todo es poco cuanto digas
sobre ello, Pregonero).
Pero no olvides, ¡por Dios!
No olvides al Cirineo.
no olvides la mano amiga
que mitiga el sufrimiento;
no olvides a quien ayuda
en medio del desaliento
porque tú sabes muy bien,
tu lo sabes, Pregonero,
que hoy se repiten los Judas
pero no los Cirineos.







XXXII PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE VALVERDE DEL CAMINO

Manuel Vázquez Segovia




PREFACIO
Qué elocuente es el silencio de Valverde.
Todos los que seguís este acto, encendido vuestro espíritu al escuchar los sones de Amargura, hacéis un silencio para que otro año más se pueda cumplir con el ritual y el Pregón marque el tiempo que supone el reencuentro con nuestra memoria individual y colectiva.
De ahí partió el miedo intenso que recorrió mi cuerpo el día que tuve la osadía de aceptar el encargo de ser la persona que este año rompiera ese silencio. Fue lo primero que pensé. Porque hay que estar loco para aceptar venir a este teatro a hablar de Cristo, de María y de Valverde, desde el mismo atril que ocuparan tantos insignes y buenos valverdeños, pregoneros de magnífica oratoria y dominio lírico.
Desde entonces, el Pregonero pide a la Virgen del Reposo la purificación de la palabra, mientras ofrece en su honor sus mejores sentimientos y la alegría de saborear la fe que recibió de los suyos; y, ante el regalo de su designación, no encuentra mejor muestra de gratitud rogar a Ella por tantos y tan buenos amigos y cofrades y, en el nombre de Valverde, pone el Pregón bajo su amparo.
Vengo con la ilusión y el ánimo que en estos inolvidables meses me habéis transmitido; con la certeza absoluta de no dejaros una inmortal pieza literaria, pero con la intención y el deseo de transmitir, desde el sentimiento cofrade, mi Semana Santa de Valverde y mi Valverde en Semana Santa.
La Semana Santa que aprendí en las entrañas de una familia recorrida por las fibras sensibles de su amor a Dios y a nuestra tierra.
La Semana Santa que experimenté vistiendo las blancas túnicas nazarenas de la Oración del Huerto y de los Capiruchos Blancos
Todo ello en convivencia y compromiso con una mujer que vive en las páginas de este pregón, que me ha dado unas hijas a las que he intentado transmitir todo este caudal de devoción, para que ellas puedan contagiar igualmente a los suyos, y así, ir cerrando y abriendo el ciclo temporal que ha de aparecer siempre como referente anhelado en el horizonte de la vida.
Y todo ello en el amor a la Semana Santa, que admiro con su plena conciencia barroca, con su admirable adaptación romántica, con su actualizado debate entre culteranos y conceptistas, antigua y nueva controversia entre el fondo y la forma. Y es que nuestra tierra, siempre dualista, se mece entre la una y la otra; entre el arte y la liturgia, lo divino y lo sacro, lo pagano y lo cristiano, la vida y la muerte, la música y el silencio.
Si pregonar Nuestra Semana Santa es hablar de ella, ¿qué puedo contaros que no sepáis?, ¿Qué puedo deciros?, si todos la conocéis igual o mejor que yo.
Pregón es en definitiva una suma de infinitos sumandos.
Porque Pregón es, la ilusión del niño que por primera vez se viste de nazareno. Pregón es sentir la brisa en la madrugada del Viernes .
Pregón es el escalofrió que nos invade cuando se mira a los ojos de una imagen. Pregón es la oración secreta del nazareno tras su cruz. Pregón es el perfume que se percibe tras un palio. Pregón es estar aquí otro año. Pregón es ver otra vez tu luz.
Pregón es el recuerdo del que se fue. Son las túnicas bordadas. Es el último alfiler de las camareras. Es el tercer golpe de llamador. Es el desgarro de una saeta espontánea que rompe el silencio de la noche. Es ver tu rostro, Madre mía, sobre un fondo de azucenas.
Pregón es la preocupación de la madre del costalero. Pregón es ese olor a cisco picón y alhucema. Es besarte otra vez las manos. Pregón eres Tú, Madre buena.
Pregón es el primer trino. Es el pan nuestro de cada día. Sois vosotros en esta tarde. Es buscar a Jesús y su Madre por las calles de Valverde, y aquella niña que el Domingo de Ramos vestirá de mujer por vez primera.
Pregón son esas gotas de cristal fino que recorren tu cara, es tu dolor y tu fatiga, es el incienso y la cera. Es tu amor Madre y amiga, Reina de la primavera.
Pregón es verte Madre, por la Plaza, en la Calleja… Y aunque vivas en el cielo, vives metida en la pena regalándole esperanza, a todo aquel que la pierde.
Son tantas cosas Pregón… que todo es Pregón en Valverde.

Ya estamos cara a cara, Valverde; con la palabra y con el sentimiento, para confesarme ante ti, porque la palabra sin amor es un abuso del lenguaje.
Ven Espíritu Santo, ilumina mi mente, mis labios y mi corazón. Hoy te necesito como que nunca. Ven y ayúdame, porque quiero decir a este mi pueblo, que grande es tu ternura.
Y, a la que es comienzo de todo nuestro vivir pasional, a la Inmaculada Virgen María. A ella, desde aquí le pido que me dirija convenientemente por los pasos de esta bendita locura cofrade que es el pregón. Que en este montaje de culto, en esta estación y este camino, “Su mano me lleve, Su luz me guíe y Su corazón me sostenga. ¡Inmaculada Virgen María!, Así sea”.

SALUDO Y AGRADECIMIENTO
Ilustre Hermandades de Penitencia organizadoras de este acto.
Ilustres representaciones oficiales.
Queridos amigo.
Quiero empezar agradeciendo:
.- A las Hermandades que me han regalado, con mi designación, ser este año el Pregonero de mi Semana Santa.
.- A todos los que me han ayudado a navegar en estas aguas desconocidas para mí que suponía escribir un Pregón.
.- A todos los que habéis venido a este acto.
.- Y, a ti, Antonio por tu Presentación, donde con tus palabras de cariño has conseguido que broten lágrimas de estos ojos emocionados.

I. SENTIR NAZARENO
Quien hoy tiene el honor de ser vuestro pregonero, es tan solo un cofrade, sin dominio alguno de la oratoria y la lírica que dan belleza a la palabra sincera en ese canto de amor, a Cristo, a María y a la Semana Santa, de un Pregón.
Quien hoy pregona es un simple nazareno con muchas limitaciones para este objeto y, a su vez, muchos motivos por los que ha querido siempre ser nazareno, sencillamente eso… nazareno
Ser y sentir nazareno por mi madre, a la que tanto quiero, blanca cofrade onubense, de la Hermandad de la Oración en el Huerto. Primero en sus brazos y de su mano después, se asomaron mis ojos niños por vez primera al misterio de nuestra Semana Santa.
Ser y sentir nazareno por mis padres, sí en plural, pues han sido dos; el primero de ellos, mi padre, un capirucho blanco, que portó la Cruz de Guía hasta que una muerte prematura se cruzó en su camino llevándolo consigo en la primavera de la vida. El segundo es mi tío José, un capirucho negro, negro que vistió de blanco unos años y llevó en sus manos la Cruz que, tantas veces y hasta entonces, había sostenido aquél. Esa misma Cruz que, durante muchos Miércoles y Jueves Santo, he tenido yo la satisfacción y el orgullo de llevar igualmente en mis manos.
Ser y sentir nazareno por mi familia, toda ella amante de la Semana Santa. Por mi Abuelo Antonio, viejo médico gaditano, buen cristiano y ejemplar cofrade, que supo transmitir a hijos y nietos el amor profesaba a los titulares de su Hermandad, y la mía.
Ser y sentir nazareno porque prendieron en mi alma las enseñanzas que tantos y tan buenos cofrades me dieron. Todos ellos me indicaron una dirección que más tarde tomé voluntariamente y me hicieron partícipe de este regalo de nuestra Semana Santa. Con ellos aprendí a vivirla y sentirla, de esa forma tan particular y tan nuestra de vivir las cosas que nos transmiten emociones y despiertan sentimientos, que tenemos en esta Baja Andalucía,.
Ser y sentir nazareno para gozar cada primavera de un espíritu que nos devuelve recuerdos perdidos, vivencias olvidadas y nos dispone corazón y alma a percibir las cosas de forma especial, con esa facilidad, que en esta bendita tierra, tenemos para captar la belleza y, ante la contemplación de lo sublime, convertir las sensaciones percibidas en un escalofrío que nos estremece y pellizca el corazón, bañando nuestros ojos en lágrimas de ternura y amor.
Ser y sentir nazareno por tantos momentos disfrutados con quienes hace tiempo se fueron, aquellos que nos contagiaron su amor a nuestra tierra y a nuestras imágenes.


Por todo ello, Jesús mío…
aunque sea sólo por eso,
por ir contigo otro año,
yo quiero ser nazareno
y acompañarte en el paso
de tu cruz y tu silencio.
Por ver tus manos benditas
abrazadas al madero,
por pisar donde tu pisas,
por ablandar este suelo
que cada año recorres
por las calles de mi pueblo
Y por todos mis pecados,
aunque se que no merezco
por caminar a tu paso,
¡aunque sea solo por eso,
por ir contigo otro año,
yo quiero ser nazareno!



II. Liturgia y Religiosidad Popular
Para el cristiano, la Semana Santa va mucho más allá de un simple período de descanso. Es la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, misterio central de la Fe.
Durante la cuaresma la Iglesia se ha ido preparando para la celebración del triduo sacro:
.- El Jueves Santo se conmemora la institución del sacerdocio y de la eucaristía. Eucaristía que se hace sacramento de amor y memorial de la pasión del Señor.
.- El Viernes Santo nos recuerda el sobrecogedor relato de la pasión y muerte de Jesucristo y la adoración de la cruz, a través de la cual Cristo nos reconcilió con el Padre.
.- Y el Sábado Santo la Iglesia vive en un expectante silencio aguardando el glorioso mensaje de la resurrección de Cristo que nos llegará con la celebración de la Vigilia Pascual. La celebración sin duda alguna más importante de todo el año litúrgico.
Es así como la Iglesia celebra a lo largo y ancho de todo el orbe católico la Semana Santa, con la riqueza de la liturgia que alcanza en estos días su máximo esplendor.
Junto a esa celebración litúrgica, existen también esas otras celebraciones que podemos enmarcar dentro de lo que conocemos como “Religiosidad Popular”? es ese otro conjunto de rituales y signos externos que son patrimonio de todos y hoy, más que nunca, un tesoro añadido que debemos esforzarnos en conservar: Nuestra Semana Santa.
Un pueblo sin tradición y sin historia es como un edificio sin cimiento. Por eso el valor sustancial de nuestra Semana Santa arranca de su solera tradicional.
Con el inicio de las Cofradías, el espíritu penitencial sale de los claustros y de las celdas, y se instala en la calle dando fe pública de su fervor emocionado.
Atendiendo pues a estos orígenes, no podemos estimar nuestra Semana Santa como una fiesta de moda pues, ni admite imitaciones, ni se improvisa; al ser muy grande el peso de la tradición y de la historia.
Nuestras procesiones nacen paras servir, ante todo, un espíritu de fe. Forman parte de una Fiesta Religiosa. Son la expresión de un dogma: el dogma de la Redención; carácter, éste, sin el cuál carecería de causa y de contenido.
Para la exhibición litúrgica y popular de este dogma surgieron las procesiones.
Ya no bastaban los templos. Fue preciso ensanchar el escenario a las calles y plazas. De esa fe profunda, y la necesidad de exteriorizar una piedad emotiva tan fuerte, nació nuestra Semana Santa.
No puede calificarse de pagana esa fe dramática y profunda, ese trato familiar e íntimo con las imágenes y los misterios de la Redención, ni tampoco esa concepción clara, alegre y de gran fiesta con que el pueblo asiste a estos actos, cual si paradójicamente se alegrara de ella. La tristeza litúrgica es para nosotros alegría ante la aurora de redención.
Celebraciones que hacen brotar la emoción, el sentimiento, el perdón, la bondad, la esperanza, la primavera de una nueva vida. En Andalucía la Semana Santa huele a azahar, a cera, y la noche se rasga con saetas
La Semana Santa popular, la que podemos celebrar en la calle, es una representación, en imágenes, público, plástico y emotivo que nos ayuda a sintonizar con Jesucristo.
¿Cómo no van a pasar por nuestros corazones de cristianos e incluso por los corazones de los que se dicen agnósticos, un sentimiento de dolor y de sincero arrepentimiento al contemplar a Cristo muerto y ver el corazón de María, que es todo amor y dulzura, traspasado por el puñal del dolor?
Dolorosas que, necesitando misericordia, vuelven a nosotros, aún antes de que se lo pidamos, el candor de esos ojos misericordiosos.
Cristos camino del Calvario, escarnecidos, preparados para la crucifixión, bajados de la Cruz o sepultados, cuya mirada sentimos fija en cada uno de nosotros. Cristos en los que las llagas se entreabren, para hacerse cargo de las nuestras. Son hombres cercanos que parecen confusos ante cuanto sucede, hombres agobiados que temen no poder soportar sin gemir, cuanto les ocurre. Aun cuando en ellos, la Divinidad proyecte un halo de milagro. Aunque desde ellos, desde sus heridas y desde su costado abierto, mane una luz que no es de este mundo y nos indica el camino de esperanza cuando nos sentimos perdidos y solos.


Siempre, Señor, buscando tu camino
mi vida – permanente encrucijada-
se debate, incapaz contra un destino
donde a la rosa se enfrentó la espada.
Y entre rosas y espadas peregrino
-honda la herida pero perfumada-
cuando el dolor me acerca a lo divino
el orgullo retrasa la llegada.
Si para reencontrarte y retenerte
tengo que desandar todo lo andado
aquí me tienes ya bien decidido.
Un nuevo corazón quiero ofrecerte
por mis muchos errores humillado,
y por tan humillado, redimido.



III. PROCESIONES, COFRADÍAS Y HERMANDADES.


No hay duda de que las procesiones son un acontecimiento socio-religioso que merece una alta valoración, aunque despierte opiniones contrapuestas. Hay personas y sectores, entre los que hay que citar también eclesiásticos que, ante el débil o escaso testimonio de los cristianos en las realidades terrenas y en la vida pública, tienen dificultades para entusiasmarse con la renovación de estas prácticas de piedad o manifestaciones más devocionales. El hecho está ahí y no se debe soslayar. Pero, también, es verdad que al pueblo no se le puede expropiar de sus propias manifestaciones y expresiones de fe. Una fe sin signos externos, sin protagonismo popular, difícilmente puede echar raíces en las personas sencillas.
Esto nos debe llevar a cuidar el fondo y la forma en el momento de revitalizar las procesiones. Expresar en la calle la fe en Jesucristo, representando acontecimientos de su vida y muerte, requiere: religiosidad, contemplación, oración y estética.
La historia que se representa no es la de un hombre cualquiera. Tiene que hacer pasar de lo humano a lo divino, de lo visible a lo invisible, tiene que ayudar al sentimiento y a la emoción. He aquí la hondura de la fe. La forma ayuda a un pueblo que vive desconociendo la liturgia. El pueblo necesita de esa escenografía, de esa ‘puesta en escena’, porque desea físicamente llorar con los Cristos que ven sus ojos y consolar las lágrimas de María.
Y es que esta Andalucía nuestra, saca el alma grande del cuerpo pequeño, rezando a gritos saetas, volcando su entusiasmo cristiano en la riqueza de sus pasos.
Un cofrade es un penitente, consciente de sus debilidades que quiere convertir su vida, y siente el dolor de sus pecados y emoción por la misericordia de Dios, que alaba y proclama a Jesús como Salvador y recuerda el momento más importante de la historia.
Pero la hondura, la fe y la dimensión de nuestra Semana Santa tienen un corazón y un motor. He oído y leído mucho sobre nuestras cofradías. Conozco diversas interpretaciones de personas cualificadas; pero, muy pocos han hablado de vosotros, ‘capillitas’; de vosotros, verdaderos artistas de nuestra Semana Santa.

IV. Dimensión de la Semana Santa
Sé que vosotros sentís conmigo la grandeza de las cosas sencillas. La fe se ha mantenido en el reducido círculo de la familia. Se ha conservado mejor en los pueblos pequeños y hay que ir a ellos para reencontrarse con la gran verdad de la vida, que en la gran ciudad se diluye y se pierde, como desaparece la intimidad en una catedral, al par que se saborea en la sencillez de una ermita o en una iglesia blanca de cal de nuestras ciudades andaluzas. Yo siento en estas iglesias a Dios más cerca, lo siento en mí mismo y, cuando lo buscamos junto a nosotros, es señal que El quiere encontrarnos.
Con nuestra Semana santa, pasa igual. No hay que negar la proyección universal de otras semanas Mayores. No se puede desconocer la calidad de sus cofradías y de sus imágenes, así como el número de sus devotos. Pero muchas veces, y lo digo con convencimiento, parte de lo que ganan en extensión, lo pierden en hondura. Queda la fe, mas sólo en sus cofrades.

V. Miércoles Santo
Ya es Miércoles Santo. Todo está listo para que, esta tarde noche, el Cristo de la Buena Muerte se asome a las calles de Valverde.
Es un día de reencuentros, son muchos los hermanos que no veo desde el año pasado, siempre haces un inconsciente repaso mental de los presentes y te llegan los recuerdos de tantos que no están aquí, pero seguro que desde un balcón privilegiado de este valverdeño cielo, están vestidos de blanco, esperando para vernos.
Tras los saludos y, después de rezar una oración ante el Crucificado, me gusta salir con mis hijas por la trasera de la Iglesia donde, en esos momentos, se ajustan costales y fajas la primera cuadrilla de costaleros que abrirá la Semana Santa Valverdeña. Tendrán el privilegio de cargar sobre sus espaldas el paso del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, magnífica talla salida de las manos del imaginero cacereño Enrique Pérez Comendador, junto al crucificado acompañan al pie de la Cruz San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Amargura, ambas imágenes de Antonio Castillo Lastrucci. Componen un misterio llamado popularmente ‘de las tres imágenes’.
Durante muchos años, en este paso, solo iba el Crucificado. El año pasado se incorporaron nuevamente, las otras dos.
De nuevo en el Templo, me dirijo al altar de insignias, para recibir la Cruz de Guía, la misma que llevó mi padre y tantas veces he llevado yo.
Cuando la cojo para situarme en la puerta, aún cerrada, del Templo, recibo una sensación que tan solo su tacto me transmite. Me despido, con un beso, de mis hijas, pues hace muchos años que dejaron de ir a mi vera en el primer tramo de nazarenos, y voy a ocupar mi puesto.
Una vez formada la procesión y enfilado el paso de Cristo después de maniobrar en su primera chicotá dentro de la iglesia, rezamos, esto empieza.
Ya se abren las puertas y, casi en la calle pero aún dentro de la Iglesia, miro hacia atrás con la seguridad que al hacerlo veré el paso por última vez hasta la recogida.
Me indican que salga, me santiguo y estoy fuera.
Hace años, cuando este paso salía el jueves junto a los otros dos de la Hermandad, recuerdo había muchos sitios en el recorrido donde, al mirar atrás veía toda la procesión, y eran tres. Hoy día, no hay sitio alguno donde, al girarme, pueda ver el Crucificado. Siento su presencia tras mía, oigo a lo lejos la música que le acompaña, pero no lo veré hasta que acabe.
Cuando estoy en el Valle de la Fuente para coger la calle Nueva, la interpretación del himno nacional me indica que Cristo ya está en las calles de Valverde. Me gustaría en esos momentos ser testigo de la estampa y poder rezarle una oración, gritando a la noche con el verso dolorido del poeta:


Capataz: Lleva despacio a Jesús
que va muerto por Amor
sobre el árbol de la Cruz.
Que no le roce ni el aire
que se mece por las ramas,
porque puede dilatarse
el manantial de sus llagas.
Ni la ráfaga de luz
con su tacto de azahar,
ni el suspiro del naranjo
cuando vayas a llamar.
Ni el clavel en la ventana
ni el geranio del balcón,
ni el cuchillo de la noche
ni el reflejo del farol
Ni la música siquiera
de la saeta que canta,
ni el Padrenuestro que vibra
en la sedienta garganta.
Ni el mercurio del lucero
ni el azogue de la estrella,
ni el trepidar tan siquiera
del pisar del costalero.
Capataz: Que no rocen a Jesús
Ni el hálito del candor,
Ni el pétalo de la brisa.
¡Que va Muerto por Amor!



Las calles de Valverde, enmudecen durante unos momentos ante el paso de aquella imagen que, sólo con mirarla, hace que se enternezcan los corazones, y sean reflejo de un Dios que es amor y por amor, muere en la Cruz tras cargar sobre sus hombros el peso de nuestras miserias y pecados.
La torre de Iglesia, testigo mudo de nuestra historia, centinela incansable de nuestro discurrir cotidiano, sonríe en su interior al ver la Fe, hecha presencia y testimonio, al contemplar que Cristo, el Salvador, sale al encuentro de los hijos de Valverde y los valverdeños acuden a El.
La sensación que produce la imagen de un crucificado en los ojos de un pueblo lleno de fe, ha escrito muchas páginas del cancionero popular con sencillas y breves composiciones de mejor o peor rima, pero plenas de sentimiento y hondura. Surgen naturales en el alma del saetero que, a compás de seguiriya, carcelera o martinete nos rompe el corazón en la fragua de la noche, mientras contemplamos a un Cristo valverdeño muriendo en sus calles.


¡Ay! qué pena más desnuda
viene cruzando la calle.
Jesús muriendo en la Cruz
avanza abrazando el aire.



Y en el interior de cada uno de los hermanos nazarenos, debajo de sus capuchas y de sus túnicas blancas, más de una lágrima se desliza por las mejillas de rostros adultos y jóvenes, lágrima no de emoción estética o de sensiblería fácil, sino lágrima de amor, como aquellas que derramaron en la subida al calvario el joven discípulo Juan, María Magdalena y tantos otros? lágrima de arrepentimiento sincero por tantas negaciones e infidelidades como aquellas otras que bañaron el rostro de Pedro en la primera Semana Santa de la Historia.
Cuando yo ya estoy en la ermita de la Trinidad, cruza Cristo el Valle de la Fuente, me lo imagino, situado yo a la altura de la casa de mi tío Diego, viéndolo desplazar suavemente, en ese Gólgota de claveles rojos y lirios de pasión.


Cuando tu pena desnuda
viene cruzando la calle,
al pasar, le va poniendo
luto de aromas y encajes,
a un Valverde que de pena
crucificado está en el aire.



Ya he enfilado la calle Camacho camino de vuelta a la Iglesia, hasta ese momento, el primer tramo de nazarenos ha ido compacto, es el que más próximo tengo, ocupado por niños y niñas que visten su túnica blanca, muchos de ellos por primera vez. En las proximidades de la Parroquia, algunos son recogidos por los padres para evitar indeseados pero posibles extravíos, tal es la multitud que espera en los aledaños e interior del Templo para estar lo más cerca posible de Cristo en su recogida.


Cuánto Valverde, Señor
ante Tu Imagen Austera
y, ante la severidad
de Tu Muerte tan cruenta
comprendió que Tú en la Cruz
Eres Verdad, Vida Cierta
Segura Resurrección
y la Salvación más plena,
Cristo de la Buena Muerte
Señor del Cielo y la Tierra.



Una vez de vuelta a la iglesia, dejo la Cruz y salgo indebidamente, para poder contemplarlo físicamente en la calle, poder sentirme nuevamente abrazado por mi Cristo de la Buena Muerte. Son unos instantes sentidos y muy emotivos que mi torpe palabra imposibilita transmitirlos en toda su intensidad…
Viéndole llegar por la calle Arriba, me gustaría decirle en voz alta a mi Cristo:



Jesús mío…
Si eso de tu cruz es muerte,
Llamemos muerte a la vida
y muera yo eternamente.
Pero muera como Tú,
con esa muerte solemne
donde todo se transforma
se transfigura y se enciende.
Y muera crucificado,
y muera serenamente
en tu Calvario de lirios,
Humildes, resplandecientes,
y que me traigan contigo,
compañero de mi muerte,
a cruzar en primavera
estas calle de Valverde



VI. Jueves Santo
El Jueves Santo es el único día de la Semana Santa donde hasta hoy, y tengo 50 años, nunca he visto procesiones por la calle. Siempre he vestido de nazareno en alguna de mis dos Hermandades Blancas, en Huelva o en Valverde. Los recuerdos vividos a lo largo de mis años en este día son los más abundantes.
Ya en Valverde, vamos a casa de mi tía Dolores en la Calleja, estará a punto de irse a los Oficios. Organizamos túnica, cíngulo, guantes, capa, medalla y capirote.
Nos vamos a la Iglesia, estoy deseando ver mis imágenes, las vi ayer pero ayer mis ojos estaban más con el Crucificado. Me gusta quedarme hasta el final los Oficios ver la procesión del Santísimo y cantar el Himno Eucarístico, el ‘cantar al amor de los amores’.


De nuevo en la Iglesia, ya vestidos de nazareno, y a punto de salir, doy gracias a Dios nuevamente por dejarme ir otro año a su lado. Son tantas los motivos que le doy para que no me dejara y por el contrario tantas cosas por las que darle gracias.


Te agradezco, Señor, que cuando el río
desbordado intentó anegar mi alma,
estuviera tan cerca Tu barquilla
y mi fe para andar sobre las aguas.
Te agradezco, Señor, que cuando entonces
la luna se marchó desorientada
dejando a oscuras la pesada noche,
surgiera pronto el día, presto el alba.
Gracias, Señor, porque la calle estrecha
se convirtió, por fin, en ancha plaza;
gracias por este faro y este puerto,
gracias por estos soles que ignoraba.



Ya está la Cruz de Guía en la calle, sale la primera, es la santa enseña de la Redención: La Cruz, supremo emblema de la Pasión y de la vida cristiana, que alumbran , luces en alto, faroles de plata. La gran Cruz latina es, en la serenidad del atardecer o en la penumbra de la noche, el mayor heraldo y silencioso pregonero de la cofradía que abre.
Puntean luego el aire, de ráfagas luminosas, los cirios enhiestos en doble hilera, portados por los primeros penitentes. Son los nazarenos de Valverde. Nazarenos, porque escoltan al Nazareno.
¡Vedlos ahora pasar, con los cirios clavados en la cintura, detrás de la Cruz!. Parecen un ejército mágico. De tres en tres metros. Casi no se mueven.
Corta de pronto la hilera el ‘Senatus’, a cada lado, las Varas de Plata, rematadas con el escudo de la Hermandad, que son como bastones de mando y honor para los cofrades que las portan.
Otra vez la doble hilera de cirios, de nuevo interrumpida por una nueva insignia Bandera, Banderín,... acompañada nuevamente por penitentes que portan Varas.
Ya viene el paso entre nubes de incienso, precedido por elevados Ciriales Litúrgicos, de una Presidencia de Cofradía, Bocinas que recuerdan las viejas Tubas Pregoneras.
Y avanza, y se mueve. Con perfecto equilibrio, con tersura, con majestad, adaptándose al reborde del balcón, al ángulo de la plaza, a las irregularidades del suelo. Cuando se yergue, parece que lo levanta un misterioso resorte. Cuando se para, bajado todo él a tierra, al unísono; como si para caer lentamente, una máquina interna fuera conteniendo su gravedad.
Esta dinamicidad que electriza, del movimiento de un paso no deriva de la mecánica ni de la ingeniería, ninguna de las dos podría vencer en el campo del arte y del sentimiento a la propia máquina humana. Los pasos caminan, se mueven, se agitan, porque los llevan a hombros, sin ser vistos, nuestros hermanos costaleros, a los que tanto debe la Semana Santa que disfrutamos, no ya sólo aquí, sino en toda Andalucía; sin ellos, no sería posible el esplendor que, desde mediados de los 70, no ha dejado de crecer. Son los verdaderos responsables y artistas del milagro escénico y espectacular del movimiento de un paso.
Los costaleros. Abrazados unos a otros, igualados por estaturas, soportan en las trabajadoras el peso y andan pausadamente, a la voz de un capataz que maneja el original motor humano con la sabiduría de un director de orquesta, exigiendo la lentitud o el apresuramiento, la subida o la parada. Y, cuando no es la voz del capataz, el golpe seco del llamador marca la subida o la detención al unísono y el paso se mueve al ritmo sordo que acusan los pies arrastrados acompasadamente.


Entre capiruchos blancos
viene andando el Nazareno
y en la Plaza de las Plazas
de este pueblo valverdeño
lo espera todo el gentío
que lo divisa de lejos,
que lo siente ya acercarse
porque todo está en silencio;
La brisa se va llenando
de sentidos Padrenuestros,
de petición sostenida
de mentes que están en rezo.
Porque Tú Eres, Nazareno,
El alivio de mis penas,
mi Esperanza y mi Consuelo
y … a tu lado, y, … en Valverde
… yo estoy contemplando el cielo.



Cuando ya ha pasado el Señor, otra vez continúa el cortejo. De nuevo se nos presenta la doble hilera de cirios llameantes, sólo interrumpida por nuevas insignias y la línea de puntos de los capiruchos. Son los nazarenos de la Virgen. Si miráis a lo lejos os deslumbrará una llamarada final que cierra la fila de luces. Ya está aquí el ‘Sin Pecado’, la insignia concepcionista, enseña de protesta de fe, definición de un dogma en el que siempre creyeron nuestros mayores, no se podía pensar en la Virgen sin suponerla pura y limpia desde el primer instante de su Concepción.
Más nazarenos...Luego, la manguilla, recuerdo de sumisión de la Cofradía a la Parroquia. Después la Regla, compromiso de devoción y de piedad. Y el estandarte, insignia que representa a la Hermandad en todos los actos solemnes, sencilla y geométrica, como una lanza de terciopelo, con un óvalo o corazón en que se estampa el escudo de la Cofradía. Otra presidencia y el paso...
La Virgen Dolorosa camina por las calles de Valverde coronada y bajo palio, va llorando, pero ataviada con sus mejores galas y joyas, entre millares de flores y luminarias, como si participara a la par con los valverdeños, en la fiesta alegre y jubilosa de la Redención.


La Virgen de los Dolores,
viene ya junto a la Plaza.
Cada varal se arrodilla
ante el peso de su gracia,
el cirio, es un corazón
que se consume entre llamas,
la saeta, una oración
prendida en la Noche Santa,
y cada pecho, un clamor
que nos sale desde el alma.
La Virgen de los Dolores,
casi silencio y palabra,
medio ilusión y tristeza,
casi noche y casi alba,
medio madre y medio novia,
casi amiga y casi hermana,
es un corazón desnudo
que en el aire se derrama.
La Virgen de los Dolores,
es una copla quebrada,
que nos pellizca la sangre
cuando por Valverde pasa.





Detrás del paso de Virgen, la música luce, orquestada en instrumentos de viento, una variadísima gama de bellas composiciones creadas por artistas, gracias a los que gozamos un extenso repertorio de magníficas marchas procesionales. Si a la belleza musical, unes la magia del movimiento que al paso transmiten capataz y costaleros, el resultado es mágico.
El Nazareno continúa caminando por las calles de Valverde…


Cuando el Nazareno pasa,
Y, parece que se aleja…
Sabemos que no se ha ido,
El, en nosotros, se queda.
Porque está en los corazones
de todo aquel que le reza,
de todo aquel que le mira,
y con quien tiene tristezas.
Él está con los que sufren,
y también con los que enferman,
y en todo el que le acompaña
con cirio y trabajadera.
Pasan la vida y los hombres
los meses, las primaveras,
y Él seguirá entre nosotros
con túnica nazarena,
con sus manos doloridas
y con su frente sangrienta,
llevando sobre su Cruz
nuestros pecados a cuestas.
Cuando el Nazareno pasa
En nuestro pueblo se queda,
Él, que es Dios del universo,
del sol y de las tormentas,
de lo bueno y de lo malo,
del día y de las tinieblas,
de la vida y de la muerte,
de los Cielos y la Tierra.



VII. Madrugá
La Madrugada de Valverde tiene un escenario inmejorable donde transcurrir el drama final. Nuestra propia calle de la Amargura, levantándose en elevada pendiente cuanto más se aproxima a su Calvario final. La calle de San Sebastián, donde el Señor del Santo cae tres veces cada año en primavera. Ya lo escribió mi tío José en un poema, hace muchos años y que quiero recordar poniendo solo mi voz.


Calle de San Sebastián:
la de la empinada cuesta,
la de los blancos perfiles
la de la vieja leyenda.
Quiero cruzar tus esquinas
y elevarme por tu senda
hasta llegar a la ermita
que en la cima de tu cuesta
cargada de tradiciones
abre al pecador sus puertas;
y ante Jesús, que allí mora
con las rodillas en tierra,
quiero penar mis pecados
quiero purgar mis miserias
arrancándole a mi alma
lágrimas de penitencia.
Calle de San Sebastián
la de la vieja leyenda........



Todas las madrugadas tienen algo especial sea cual sea la ciudad en la que transcurra. El itinerario se convierte en auténtica Vía Dolorosa, todas tienen su particular calle de la Amargura, donde se acelera el ritmo de nuestros corazones contemplando el sufrimiento de Cristo, su cansado caminar con el peso de la Cruz dirigiéndose a un obligado e irremediable fin de camino donde darán muerte. En Valverde se dan todos los elementos necesarios para que podamos tener, como tenemos, una madrugada sublime.
Ya se espera impaciente, Valverde entero en la calle…


En la noche, perfumada
de azahares y de incienso,
Valverde llora su angustia
con lágrimas de silencio.
Cuesta de San Sebastián
tu eres el dulce sendero
que me llevas hasta Cristo,
este Cristo de mi pueblo
(nuevo para perdonarnos,
para conocernos, viejo)
que en esta noche, que es noche
de Pasión y desaliento,
se funde con un Valverde
que quiere ser Cirineo.



Valverde reza al Señor del Santo acompañando en silencio un camino de ida que le lleva a la Madre y otro de vuelta que le lleva a la muerte.
A lo largo de su recorrido, caerá por tres veces. Para ayudarle a levantar, está allí Simón el de Cirene, el humilde granjero de piel recia, él nunca supo que aquél madero abierto a la agonía, era el mundo pesándole en los brazos.


Con sudor frío y descalzo
sigue andando el buen Jesús.
Las fuerzas le van faltando.
Ya no puede con su cruz
y un hombre le va ayudando.



JESUS CAE POR PRIMERA VEZ


Nuestra conciencia, se nos acerca vistiendo, al igual que los hermanos, túnica negra y nos dice: “Cuando te sientas débil, mira a Jesús que cae. Cuanto te sientas caído, mira a Jesús en tierra. Cuando te parece que ya no puedes más, mira a Jesús que se levanta. Él se ha hecho débil para que tú seas fuerte. Y ahora piensa en otras caídas. Hoy cae Jesús en lo que son vencidos, en los que son despedidos, en las victimas del terrorismo y la injusticia, en los que sufren accidentes, en los que se enganchan con la droga. En ti está tenderles una mano para que se levanten. Nunca pongas la zancadilla, porque es al mismo Cristo a quien harías caer”.
La saeta corta el silencio, con voz quebrada, honda…, de verdad.


Siempre que miro a la cara
de Jesús bajo el maero,
pregunto al corazón mío:
¿qué pensará el Nazareno
cuando me ve a mí caío?



JESUS CAE POR SEGUNDA VEZ


Nuevamente, el capirucho negro de nuestra conciencia, nos recuerda: “Nunca debes desanimarte, aunque se acumulen los fracasos y los ideales no se consigan. Mira de nuevo a Jesús, a pesar de su nueva caída, se levanta y sigue su camino. Por desgracia, son muchos los que, golpeados por la vida, ya no quieren seguir; los que marcados por la desgracia, se vuelven escépticos y amargados; los que atenazados por el vicio, se desesperan. Muchos son los que están caídos. También ellos cuentan para Dios. Desde el suelo Jesús quiere salvarlos. Acércate también a ellos. Infúndeles ánimo para que ellos mismos se levanten”.
Y vuelve a la madrugada la oración sincera y llana en un grito que brota de una garganta que rompe el silencio, que corta el alma, suplicando y pidiendo con y suplica rezando como un grito noche el rezo roto de la saeta,


Tres tropiezos, tres herías,
tres golpes de sangre en flor,
tres horitas de agonía,
tres Marías y un amor,
Cristo de las tres caías,
levántate, levántanos.



JESUS CAE POR TERCERA VEZ


Ahora soy yo quien pregunta, “Poco queda para morir; que más da morir aquí o en la colina. Cuanto antes mejor. ¿Merece la pena levantarse?”, la respuesta es inmediata: “Sí, hasta el último momento, la vida es preciosa; porque se puede amar mientras tengamos aliento”.
Cristo de las Tres Caídas, que caes aplastado bajo el peso de nuestras culpas y te levantas para nuestra justificación, te rogamos que ayudes a cuantos están bajo el peso del pecado a volverse a poner en pie y reanudar el camino, concédenos a nosotros, hombres débiles, la fuerza de llevar la cruz de cada día y de levantarnos de nuestras caídas, danos la luz de la fe, para que reconociéndote, tengamos la valentía de seguir el mismo camino, que a través de la cruz y el despojo, lleva a la vida que no tendrá fin.
A ti, Jesús, nuestro amor y alabanza por los siglos de los siglos. Amen
VIII. Viernes Santo
Viernes Santo en la noche, Jesús está muerto. Y el día y la ciudad están muertos, también. Ya va el lúgubre cortejo por las calles de Valverde.


“Vamos a hincarnos de rodilla
que está pasando el entierro
y dentro de ese sepulcro,
ahí va el Hijo de Dios muerto,
víctima de juicio injusto”



Y es el silencio el mayor homenaje que se le hace. En silencio se le reza, en silencio se le pide y en silencio se le llora. Van silenciosos su penitentes como en un éxtasis de amor sin palabras. En silencio el corazón se abre y en silencio la azucena y el lirio sueñan la claridad de su inocencia.
Una vez descendido de la Cruz en que le vimos clavado hace un par de días, cuando iba muriendo de amor y , con sus brazos abiertos no s abrazaba, envuelto en paños funerales y colocado en la urna va el cortejo fúnebre impresionando a este pueblo que lo siente en carne propia. Ya la saeta no rompe entrecortada el aire leve con sabor a flores. Por las calles, flanqueadas de blancas casas de cal, hay como un temblor hondo de lirio marchito. ¡Ha muerto el Señor! Todavía ayer, se adornaban las mujeres con rojos claveles de pasión. Hoy, no. En la penumbra de la tarde se ha detenido el tiempo. Entierran a Cristo. Y el chiquillo no ríe ni el mozuelo piropea a su Virgen, mientras aquellos que sienten el corazón pellizcado por la trascendencia de su contemplación, sienten resbalar sus lágrimas por las mejillas. Jesús ha muerto. Su Madre ha quedado sola. Y Valverde reza la pena con sus túnicas negras del Santo Entierro.


Y hay luto por las esquinas
y en la seda tremolante,
luto en el árbol florido,
luto en luna y el aire,
luto y silencio en la plaza,
luto en todos los andares,
luto en la acera que llora,
y en el quejido del cante,



Le sigue la Virgen de la Soledad.. Labios de rosa marchita. Para su consuelo, el verde jugoso de los naranjos florecidos. Para su dolor, la amargura de la soledad. La Virgen, mujer, llora por su Hijo. En su incruento martirio ponemos lágrimas de resignación, sabor a … y perfume de flores tempranas. Valverde entera sigue su paso.


¡Virgen de la Soledad!
siempre en impaciente espera
de una nueva primavera
que te vuelva a reencontrar
con esa imagen señera
de Dios bajo la madera
buscándote, Soledad.



La Virgen pasa. Valverde respeta su dolor y se duele con Ella.



Soledad, madre bendita
Quiero que sea risa el llanto
De esa cara tan bonita
Que SI hoy es Viernes Santo
El Domingo Resucita






EPILOGO
Quiero acabar agradeciendo vuestra paciencia, pidiéndoos perdón y misericordia para con este humilde pregonero que ha tratado, con sus abundantes limitaciones y múltiples defectos, pero habiendo puesto empeño, en levantar nuevamente el telón que siempre supone el Pregón y me ha hecho sentir valverdeño.
Señora mía de los Dolores he querido rezarte, desnudando mi alma ante el pueblo de Valverde, mi pueblo, y quiero terminar mi rezo con unos versos que hace mucho te cantó un enorme pregonero y seguro te piropea cada día allá en el cielo.


Creí Señora mi pecho
de la cadencia olvidado.
Mas quedé para Ti flores
en los jardines y prados,
y en arriates de sueño,
y en los surcos del milagro,
y en las plazas escondida,
y en los desiertos collados,
Busqué flores para Ti,
que es tenerlas en la mano,
porque al evocar tu nombre
toda la luz se hace nardo,
y de jazmín se hace el aire,
y fina azucena el tacto,
y gardenia la mirada,
y margarita los labios,
y clavel el corazón,
y las espinas geranios.
Busqué flores para Ti,
que es tenerlas en la mano,
porque el ángel del dolor
las hace surgir del cardo,
y de la piedra desnuda,
y de la arista del canto,
y de la pena escondida,
y del hundido costado
y del pecho sin latido,
y del lamento quebrado.
Busqué flores para Ti,
triste y desesperanzado,
porque el jardín de mi voz,
Señora, estaba agotado.
Pero me postré a tus plantas,
y con los ojos clavados
en la gloria de Tus Ojos
de lágrimas arrasados,
sentí cómo se llenaba
de flores mí rosal blanco,
y grité como el que encuentra
lo inútilmente buscado,
y canté como el que canta
por el goce desbordado,
y de oración y alabanza
yo compuse un nuevo ramo,
Para Ti, que eres la Reina
de los celestiales prados,
de los eternos jardines,
de los arriates altos,
de las riberas del cielo,
y de los surcos dorados.
Para Ti que eres la Reina
del puro amor entregado,
de los caminos sin sombra,
y de ese Valle Sagrado
que los ángeles vigilan
al resplandor de tu llanto.
Y ante tu altar Virgen mía,
yo me quedé musitando:
¡ay! quién pudiera, Señora,
ser flor de ese humilde ramo



He dicho


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